Blanco, el techo blanco como la última vez q lo miré antes de dormirme. Blanco como ayer, como hace un mes, como hace dos años. Siempre blanco.
El resto de la habitación tirada. Alcanzo a ver el plato de la comida encima del de la cena de ayer, y noto como me sigue doliendo la cabeza a pesar de la aspirina q me tomé hace ya rato.
No sé q hora es. Tampoco qiero.
Llevo unos cuantos días un poco conmocionado... ¿o son ya semanas?
No estoy seguro, únicamente me acuerdo de despertarme alguna noche y asustarme al no ver el techo, y
sonreír al encender la luz y comprobar q sigue blanco. Siempre blanco.
Y pasan las horas. Y paso las horas. Y las horas pasan.
Pongo algún CD q encuentro entre la fauna de mi habitación mientras miro la puerta. Esa puerta cerrada, cerrada desde hace mucho, y entonces intento acordarme de antes y de fuera. Antes de dejar q se le fuera el aire a este globo al q llamo mente, fuera de este mundo al q llamo vida.
Recuerdo cosas sin mucho sentido, cosas de libros, cosas de amigos, cosas de una chica y cosas de un cuchillo.
Enciendo un cigarro mirando pensativamente como el fuego va qemando poco a poco, milímetro a milímetro, cada trozo de papelina intentando llegar a qemar las yemas de los dedos con los q lo agarro por el filtro, y, de repente me acuerdo, me acuerdo de cómo los libros los fui dejando de lado, de cómo los amigos me fueron dejando de lado a mí, y cómo al chica cogía un cuchillo y me desgarraba el ventrículo y la aurícula izquierda del corazón dejándomelo inservible.
Tiro al suelo el cigarro descapullado, me echo en la cama mirando al techo, y veo en una esquina cómo la sangre de un corazón atornillado lo mancha de un rojo intenso.
Mi techo blanco teñido de rojo. Siempre rojo, desde ahora, siempre rojo.