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Relato de un viejo y su despedida.

Estando yo paseando por la plaza de al lado de mi casa miro al banco de la esqina. Todos los días desde hace varios años veo a un hombre ya anciano de pelo blanco, bastón de clara madera, mirada perdida y temblores en las manos, sentado observando la forma en q se oculta el sol. Cada día igual: llega con paso calmado, se sienta lentamente y espera.
Pasé a su lado. Olor a viejo y humedad penetró en mi nariz. Miré a su desgastada cara pero sus ojos apuntaban a la infinitud del cielo ya casi del todo oscuro. Pasaron varios minutos cuando alcancé a ver la silueta de una persona sentada a su vera. Lucía capa negra hasta los tobillos y gran guadaña, pero, gracias a la oscuridad de la noche no pude ver lo q supuse q iba a ser esqelética cara.
Mas, lejos de tener miedo, hacerqeme yo sin ruido a unos arbustos cercanos al banco. No oía nada y temí haber sido cazado. Cuando ya me disponía a llevar a cabo mi retirada oí una fría voz proveniente de debajo de la capa:




- Ya llegué.




El silencio se hizo de nuevo entre las dos personas. Al rato se escucharon unas cansadas palabras del anciano:




- Lo sé. Te he estado esprando.




A partir de ese momento la cara del anciano dejó por fín de mirar al negro cielo para dirigirse directamente a la persona de su izqierda. La conversación llegó a mis oidos. Esa conversacíon q no era mía y q no debí de haber escuchado, cosa de la q ahora pido perdón a Dios.




- ¿Por qué has tardado tanto?
- He venido cuando he tenido q venir.
- Mientes. He esperado demasiado.
- Lo justo.
- Me ha sobrado vida q podía haber sido aprovechada por cualqier interesado. Tu trabajo no has realizad.
- Ni tu ni yo decidimos la hora de nuestra cita, eso ya lo sabes...
- Perdón, no he qerido faltarle al respeto. ¿Cómo funciona esto? ¿Le pongo a sus pies la cabeza como si leñador fueras o hablamos pues de mi vida, mis amores y mis creencias?
- No qisiera hacer migas al ser yo seqia y tu simple y peqeña semilla.
- Entiendo el razonamiento, mas qisiera decirte antes de nuestra partida q, de niño ni te conocía, de jóven me hablaron de tí, de adulto te temía y ahora ya de viejo tu nombre susurraba esperando este día.




Ambos se levantaron del banco no sin dejar pasar unos minutos para silenciosa despedida. El anciano ya contento, con leve sonrisa, su bastón de madera agarrado con fuerza, sin temblores en las manos y ligera prisa, siguió a la oscura capa hasta q ya no los veía.
No fue mucha mi sorpresa cuando los siguientes días miraba al banco y persona alguna había. Y después de ver lo q vi, únicamente pido q si alguien lee este relato, cuando sea ya yo viejo, no dude en qitarme sin miramientos la vida, pues la espera, esa vieja amiga, no me va a hacer ningún bien sino alargarme la despedida.

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