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Diario de autobús #3: Compartiendo piso.


Vivo derrotado por el viento. A veces no me importa y me dejo llevar, pero otras me enervo y grito la verdad a la vida: que es una guarra.

No tengo corazón para tanto caníbal, no tengo lágrimas para tantos pañuelos. De un modo u otro me sobran las sonrisas pese a que la mayoría no tengan sentido. En algunos momentos, cuando me encuentro solo, río de tristeza y pienso por qué cojones me importa tanto el final del cuento si yo no me identifico con ningún personaje. Hablo poco, aunque casi siempre de sandeces, dependiendo a oídos de quien. La mayoría del tiempo tengo frío, lo q no me impide salir desnudo a recibir a los invitados que nunca tuve.

A ratos se me escapa la dignidad, pero, antes de perderla para siempre, me acojono y la cobarde siempre vuelve con el rabo entre las piernas. No me gusta el sabor de los domingos, ni del café frío, y últimamente ni el sabor del aire. No llueve nunca a gusto de todos, pero echo de menos al sol.

Hablo de mí mismo conmigo mismo, y saco conclusiones que no me gustan. Me duele sólo de pensar que me auto-engaño: prometo y no cumplo, muerdo y no hago daño. Sí, confieso que maté a la suerte, que nunca presté atención a mis desvaríos, pero nunca fue con mala intención. Me cuesta creer que siga conservando el valor para volver a pensar una y otra vez que la vida está hecha de sueños, puto Calderón mentiroso.

Tengo miedo de que la habitación que le alquilé al pesimismo nunca se quede vacía, pero de momento es el único que ha querido compartir piso conmigo.

Diario de autobús #2: Ladrones de lágrimas.


Esos q son el vivo reflejo de la mala suerte,
q conocen de callejuelas, lugares y rincones,
del toser y monedas de cobre.

Entendidos del frío y de oscuridades,
y no solo las de la noche.

Con dientes podridos sonríen a quienes no
les miran con buenos ojos.

Amigos del hambre y la picardía
necesaria para llorar otro puto día.

Desechos de la falsa democracia
q arropa cualquier ciudad.

Sus manos negras, su pelo sucio,
su dignidad rota, su alma llena.

Ladrones de lágrimas.

Diario de autobús #1: Todo. Luego nada.


Antes, mucho antes, cuando se juntaban tu lengua y la mía para hacer tonterías tiritando por el frío de la noche. No importaba si nos miraba el sol o era la luna... o los dos.

No existía el lejos, simplemente íbamos a por el cerca una y otra vez, hasta quedarnos exhaustos; ya pensaríamos en el camino de vuelta si es q volvíamos.
Nuestro dinero eran palabras, nuestras ambición el presente, nuestra ropa la piel, eso sí, q piel tan bonita la tuya...

Abrazados al viento entendíamos de poco pero conocíamos de mucho; y, ahora, míranos, estropeados, siguiendo una línea prefabricada q no nos lleva a nada más q a la nada.

Lo tuvimos todo, lo jugamos y lo perdimos. Nos lo ganó la vida.

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Susurra, acaricia, muerde, agarra, gime, suspira,   araña, grita, sonríe pícaramente.

Vuelve a suspirar y empieza de nuevo.

Memorias de un idiota: sueños.

Ocho años. Más o menos ocho años tenía al aprender de memoria algo sobre los sueños y sus quehaceres.

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Como siempre teníamos q esperar dos horas antes de bañarnos en la piscina y q mejor forma de matar el tiempo q dejando vagar la imaginación creando historias y lugares en el país de los sueños.
Para poder dormirme mi abuela siempre se echaba  conmigo en una gran cama con una colcha blanca preciosa. Ella me abrazaba y de vez en cuando me cantaba canciones q únicamente ella se sabía.
Me encantaba.
Poco a poco pasaron los veranos y las tardes de siesta y piscina.
Cuando después de comer ya y mi abuela se preocupaba de otras cosas q de ver como me dormía volví a tener ganas de soñar. Me tumbé en la colcha blanca esperando a q mi mente se evadiera de sonidos, roces, pensamientos...
Esperé. Esperé. Esperé...
Nada, seguía pudiendo pensar nítidamente, seguía sin poder volar, seguía siendo yo en un mundo demasiado grande. Oí unos pasos y distinguí q eran de mi abuela. Se acercaban a mi habitación.
Me hice el dormido con una media sonrisa en el rostro para q se pensase q soñaba con cosas buenas, q ya no la necesitaba. Ella se me acercó al oído y me susurró: "No finjas, nadie sonríe cuando duerme. No sonríe porque la mente se lleva tu sonrisa para jugar con ella."

Techo blanco.

Blanco, el techo blanco como la última vez q lo miré antes de dormirme. Blanco como ayer, como hace un mes, como hace dos años. Siempre blanco.
El resto de la habitación tirada. Alcanzo a ver el plato de la comida encima del de la cena de ayer, y noto como me sigue doliendo la cabeza a pesar de la aspirina q me tomé hace ya rato.
No sé q  hora es. Tampoco qiero.
Llevo unos cuantos días un poco conmocionado... ¿o son ya semanas?
No estoy seguro, únicamente me acuerdo de despertarme alguna noche y asustarme al no ver el techo, y
sonreír al encender la luz y comprobar q sigue blanco. Siempre blanco.


Y pasan las horas. Y paso las horas. Y las horas pasan.


Pongo algún CD q encuentro entre la fauna de mi habitación mientras miro la puerta. Esa puerta cerrada, cerrada desde hace mucho, y entonces intento acordarme de antes y de fuera. Antes de dejar q se le fuera el aire a este globo al q llamo mente, fuera de este mundo al q llamo vida. 
Recuerdo cosas sin mucho sentido, cosas de libros, cosas de amigos, cosas de una chica y cosas de un cuchillo.
Enciendo un cigarro mirando pensativamente como el fuego va qemando poco a poco, milímetro a milímetro, cada trozo de papelina intentando llegar a qemar las yemas de los dedos con los q lo agarro por el filtro, y, de repente me acuerdo, me acuerdo de cómo los libros los fui dejando de lado, de cómo los amigos me fueron dejando de lado a mí, y cómo al chica cogía un cuchillo y me desgarraba el ventrículo y la aurícula izquierda del corazón dejándomelo inservible.
Tiro al suelo el cigarro descapullado, me echo en la cama mirando al techo, y veo en una esquina cómo la sangre de un corazón atornillado lo mancha de un rojo intenso.
Mi techo blanco teñido de rojo. Siempre rojo, desde ahora, siempre rojo.