Ocho años. Más o menos ocho años tenía al aprender de memoria algo sobre los sueños y sus quehaceres.
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Como siempre teníamos q esperar dos horas antes de bañarnos en la piscina y q mejor forma de matar el tiempo q dejando vagar la imaginación creando historias y lugares en el país de los sueños.
Para poder dormirme mi abuela siempre se echaba conmigo en una gran cama con una colcha blanca preciosa. Ella me abrazaba y de vez en cuando me cantaba canciones q únicamente ella se sabía.
Me encantaba.
Poco a poco pasaron los veranos y las tardes de siesta y piscina.
Cuando después de comer ya y mi abuela se preocupaba de otras cosas q de ver como me dormía volví a tener ganas de soñar. Me tumbé en la colcha blanca esperando a q mi mente se evadiera de sonidos, roces, pensamientos...
Esperé. Esperé. Esperé...
Nada, seguía pudiendo pensar nítidamente, seguía sin poder volar, seguía siendo yo en un mundo demasiado grande. Oí unos pasos y distinguí q eran de mi abuela. Se acercaban a mi habitación.
Me hice el dormido con una media sonrisa en el rostro para q se pensase q soñaba con cosas buenas, q ya no la necesitaba. Ella se me acercó al oído y me susurró: "No finjas, nadie sonríe cuando duerme. No sonríe porque la mente se lleva tu sonrisa para jugar con ella."
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