Vivo derrotado por el viento. A veces no me importa y me
dejo llevar, pero otras me enervo y
grito la verdad a la vida: que es una guarra.
No tengo corazón para tanto caníbal, no tengo lágrimas para
tantos pañuelos. De un modo u otro me sobran las sonrisas pese a que la mayoría
no tengan sentido. En algunos momentos, cuando me encuentro solo, río de
tristeza y pienso por qué cojones me importa tanto el final del cuento si yo no
me identifico con ningún personaje. Hablo poco, aunque casi siempre de sandeces,
dependiendo a oídos de quien. La mayoría del tiempo tengo frío, lo q no me
impide salir desnudo a recibir a los invitados que nunca tuve.
A ratos se me escapa la dignidad, pero, antes de perderla
para siempre, me acojono y la cobarde siempre vuelve con el rabo entre las piernas. No me
gusta el sabor de los domingos, ni del café frío, y últimamente ni el sabor del
aire. No llueve nunca a gusto de todos, pero echo de menos al sol.
Hablo de mí mismo conmigo mismo, y saco conclusiones que no
me gustan. Me duele sólo de pensar que me auto-engaño: prometo y no cumplo,
muerdo y no hago daño. Sí, confieso que maté a la suerte, que nunca presté
atención a mis desvaríos, pero nunca fue con mala intención. Me cuesta creer que
siga conservando el valor para volver a pensar una y otra vez que la vida está
hecha de sueños, puto Calderón mentiroso.
Tengo miedo de que la habitación que le alquilé al pesimismo
nunca se quede vacía, pero de momento es el único que ha querido compartir piso
conmigo.